Crítica: The Shape of Water

por Santiago Mejía

Decía la gran crítica de cine Pauline Kael que “es un error común en el arte asumir que cualquier cosa que nos conmueva debe ser una obra maestra”. The Shape of Water, la más reciente apuesta del mexicano Guillermo del Toro, es probablemente la película más conmovedora en su carrera  desde El Laberinto del Fauno. Al igual que Pacific Rim y Crimson Peak, esta película presume de una producción visual impresionante que por desgracia  se inspira en un guión pobre.

Que la crítica haya detestado tanto Crimson Peak y se rinda ante los encantos de The Shape of  Water, solo puede explicarse con la esencia “conmovedora” de la segunda. Sin lugar a dudas es conmovedor ver a un grupo de marginados unirse para luchar contra la institución que los discrimina en medio de un Estados Unidos que normalizaba las conductas machistas, homofóbicas y racistas. Pero, ¿de qué sirve representar estereotipos sociales si no se analizarán con detenimiento sus implicaciones morales?

Muy temprano en la película, en una escena donde Elisa está viendo en la televisión una insurrección de afroamericanos y Giles le grita constantemente “¡Cambia de canal! ¡No quiero ver eso!” Del Toro evidencia el distanciamiento que quiere establecer con la complejidad socio-política del contexto que propone.

The Shape of Water se desarrolla en la década de los 60 cuando la Guerra Fría desató una atmosfera de miedo hacia todo lo que fuera diferente a la imagen de la familia blanca de clase media con “buenos valores”. Comunistas, gays, afroamericanos y latinos eran acosados sin piedad por la moral católica de Estados Unidos, todos ellos hacen acto de presencia en la película. Elisa Esposito (Sally Hawkins) es una mujer muda y huérfana que comparte departamento con Giles (Richard Jenkins) un pintor homosexual. Elisa además encuentra un apoyo incondicional en Zelda (Octavia Spencer) una mujer afroamericana.

Si bien esta época promovió el miedo a lo diferente, también es cierto que marcó el inicio de rebeliones importantes en Estados Unidos. Particularmente la lucha de los afroamericanos por la igualdad de derechos y la revolución sexual. Estos  movimientos sociales podrían haber inspirado la creación de personajes más complejos, sobre todo en el caso de los interpretados por Octavia Spencer y Richard Jenkins. Sin embargo, ambos son planos y muy poco explorados.

Elisa Esposito es el único personaje de los “marginados” que parece estar consciente de la época en que vive. Desde un inicio se nos muestra a la “princesa sin voz” como una chica tierna, solitaria pero también deseosa de liberar su libido. La revolución sexual que no tiene ningún efecto en el personaje de Giles, en Elisa abre paso a la exploración de su erotismo. Muy pocas veces el cine permite a los personajes femeninos tener deseos sexuales sin consecuencias trágicas o matices de culpa. En The Shape of Water la pasión carnal complementa  a la pasión emocional.

Tampoco puede pasar desapercibida la aportación de Michael Stuhlbarg. Tras interpretar al padre que todo gay quisiera tener en Call Me By Your Name, Stulbarg sigue su racha de héroes con el  Dr. Robert Hoffstetler. Hoffstetler aparenta ser el científico encargado de cuidar y estudiar a la criatura para los americanos, pero en realidad es un espía que debe reportar a los rusos todo lo relacionado con el “activo”, pues su descubrimiento podría suponer una amenaza para su país.

La forma en que Hoffsteler se revela contra ambos países es probablemente la aportación más humanista del filme. En la mayoría de los thrillers de espías y películas de acción, el espía ruso resulta ser el villano que amenaza con destruir América y el mundo. En este caso es un hombre sensible incapaz de soportar la crueldad de dos países que, en su ambición por ser la primer potencia mundial, olvidan el respeto por la vida.

Desgraciadamente estas actitudes no son suficientes para sostener la película. Además del desarrollo unidimensional de los personajes, The Shape of Water sufre de un progreso predecible de la trama y tintes de un humor genérico, consecuencia parece ser, de que el guion fuera escrito en colaboración con Vanessa Taylor, autora de bodrios como Divergent y Hope Springs.

La película encuentra pocas escenas para expresar la poesía que tanto ansía conseguir. En mucha parte debido a que el score producido por el músico Alexandre Desplat no logra establecer una comunión trascendente con la estética que propone la fotografía Dan Laustsen. A pesar de la impresionante calidad de los escenarios y los efectos especiales, las únicas secuencias que vibran con emoción pertenecen a la paulatina liberación del deseo amoroso y sexual de Elisa, expresado a través de una metáfora del color que resalta en medio del verde enfermizo, un rojo apasionante.

Por lo demás la película es un deleite visual sin mucha fuerza poética que incluso se entorpece con un vergonzoso acto musical. La idea detrás de este momento parece increíble, reúne la estética del cine de explotación con el romanticismo de la película, pero su pésima ejecución termina ridiculizando al personaje del monstruo acuático.

Me pareció curioso que de hecho muchos críticos mexicanos se sintieron fascinados por la metáfora simplona del “segundo falo” del personaje de Michael Shannon pero evitaron comentar la secuencia del baile, ¿será miedo a publicar spoilers o a admitir que es una secuencia ridícula?

Puede que estos detalles no hagan de The Shape of Water precisamente la peor película del año pero definitivamente tampoco “una de las películas más profundas, complejas, gratificantes y hermosas de Guillermo del Toro”, como han afirmado algunos críticos. Gratificante y hermosa tal vez pero, ¿profunda y compleja? Hacer al espectador testigo del rechazo que provocan personajes homosexuales, afroamericanos o con capacidades distintas es un recurso trillado.

Cada año al menos una película “oscareable” enseña al público que no está bien discriminar sometiendo a figuras como las mencionadas  a distintas humillaciones. Indudablemente se puede intuir que el surgimiento de esta tendencia es producto de la llamada “era Trump”. El renacimiento de conductas racistas, machistas y homofóbicas ha inspirado la creación de películas que al permitir a los personajes marginados ser amados, aceptados y tener su venganza  contra sus opresores son celebradas como obras maestras cuando en realidad están llenas de carencias.

The Shape of Water funciona como un romance fantástico, la inusual conexión que se establece entre Elisa y el monstruo acuático es más que suficiente para hacer un comentario sobre la diversidad, la soledad, la exploración del deseo femenino y la necesidad de conexión. Por desgracia, para tener éxito  Del Toro tuvo que forzar un discurso social mediocre.

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