Crítica: The Post

por Santiago Mejía

Al revisar las películas elegidas este año por La Academia para representar “lo mejor” del cine norteamericano es inevitable observar la tendencia pro-corrección política. Cada una de las nominadas, más allá de sus virtudes y defectos, parece formar parte de una enorme carta de disculpas hacia las comunidades y sectores sociales ofendidos por los discursos de Donald Trump.

The Shape of Water, Lady Bird, Call Me By Your Name y  Get Out cumplen con la cuota correspondiente a los latinoamericanos, las mujeres, la comunidad homosexual y afroamericana. El resto de las películas (Phantom Thread, Three Billboards y The Post) parecieran tener discursos no tan obvios, sin embargo particularmente The Post es una engañosa celebración del periodismo.

Mientras se encontraba dándole los toques finales a Ready Player One, Steven Spielberg decidió aventurarse con la realización de The Post, una historia que retoma los sucesos que llevaron al Washington Post a desenmascarar las verdaderas intenciones del gobierno de Estados Unidos con la Guerra de Vietnam.

Al retomar esta historia y poner en el papel de Katherine Kay Graham a Meryl Streep, Steven Spielberg hace obvias sus intenciones de atacar la retórica del presidente de Estados Unidos y sus seguidores. Por desgracia este ataque resulta en un discurso mediocre e irresponsable.

The Post fue escrita por Josh Singer y Liz Hannah. Singer estuvo detrás del guion de Spotlight, otra vulgar exploración sobre las implicaciones del periodismo de investigación mientras que Hannah nunca había escrito un largometraje, sus trabajos se limitan a cortometrajes, televisión  y documentales.

El guion de Singer y Hannah se desarrolla como una historia pasiva, carente de matices y predecible. Los periodistas son retratados como  justicieros de moral intachable, interesados única y exclusivamente en mantener “en línea” al gobierno de Estados Unidos. Esta visión de los reporteros como “super héroes” se consolida con el cierre de la película al estilo Marvel, cuando el personaje de Meryl Streep dice “no sé si podría soportar otra situación como esta” y vemos a un individuo robar los archivos que eventualmente darían para el artículo que desató el escándalo “Watergate”. Este momento además comprueba la ineptitud de los guionistas para darle una buena conclusión a su película cerrándola con un “continuará”.

Aunque la película se toma el tiempo para permitir al espectador conocer el arduo trabajo que llevan a cabo los reporteros de investigación, la verdadera tensión se reserva para el personaje de Kay Graham. Detrás de la historia de cómo se filtraron los documentos del Pentágono, se encuentra el viaje que hace Graham de socialité que brinda fiestas excelentes a directora de uno de los periódicos más importantes a nivel internacional.

Probablemente es la habilidad de Streep como actriz, pero ningún otro momento de la película se siente tan peligroso como cuando su personaje se ve obligado a tomar decisiones importantes para el futuro del periódico. Por lo que, más que vanagloriar el poder del periodismo, la película es una grotesca glorificación del Washington Post.

Inicialmente el filme se iba a titular “The Papers” haciendo alusión al material que filtró los oscuros secretos del gobierno de Estados Unidos, sin embargo con el paso del tiempo se decidió por The Post, cambiando el enfoque del material que abrió los ojos de la sociedad a una perspectiva diferente del gobierno al medio que lo publicó, destrozando de paso cualquier intención altruista que pudiera haber tenido la película.

Las intenciones de la película de fortalecer la libertad de expresión son buenas, sin embargo la forma en que lo hace, pintando a los medios de comunicación como los buenos y a los políticos como los malos, me parece ingenua.

Cierto es que detrás de la labor del periodismo de investigación hay altruismo y que la corrupción en la política abunda, pero también es cierto que el periodismo no está exento de esta corrupción y que en su ejercicio también están presentes la egolatría así como poderosos intereses económicos, características  a las que  los personajes de The Post parecen ser inmunes.

Joan Didion: The Center Will not Hold y Voyeur, dos documentales de Netflix sobre dos de los autores más importantes de Estados Unidos, analizaron de mejor manera la complicada tarea del periodismo. Ni un momento en The Post es tan complejo como cuando le preguntan a Didion ¿qué sintió como periodista  cuando vio a una niña enganchada al LSD?, Joan se toma su tiempo para responder y uno pensaría que está a punto de quebrarse en llanto por la estampa tan trágica que le tocó presenciar, sin embargo ella responde “fue, una gran oportunidad, oro puro, uno vive para momentos como ese si estás escribiendo un artículo”. Esta escena resume de mejor manera la esencia del periodismo. Joan supo en ese momento que lo que acababa de presenciar daba para una historia poderosa, que le ayudaría a establecer una visión crítica sobre la forma en que se comportaba la sociedad pero también que le daría la posibilidad de posicionar aún más su nombre como una de las mejores escritoras de su país.

Es esta esta unión entre egolatría y altruismo la que hace del periodismo una tarea tan compleja y de la que se aleja The Post al querer hacer de sus personajes casi ángeles guardianes. Por esta razón cuando Ben Bagdikan (el personaje interpretado por Bob Odenkirk) muestra su compromiso con la historia del Pentágono alegando que lo único que siempre quiso en su vida fue “formar parte de una revolución”, aparentemente sin importarle que el periódico en el que trabaja está al borde de la quiebra, suena inverosímil y forzado.

Sin lugar a dudas el ambiente actual necesita más que nunca de medios de comunicación comprometidos con causas sociales y la aportación del Washington Post a la transparencia política es innegable, pero películas como The Post más que darle fuerza a la labor periodística terminan siendo comerciales que ofrecen una visión irresponsable del mundo del periodismo. Irresponsable porque se sienten sus intenciones manipuladoras de querer hacer creer al espectador que los grandes periódicos estadounidenses responden únicamente a los intereses del ciudadano y de que, a pesar de que el presidente no deje de catalogarlos como “fake news”, ellos son los portadores de la verdad.

La idea de periodismo que vende The Post (y de paso Spotlight) no podría estar más alejada de la realidad. En Estados Unidos podrá ser menos evidente, pero en México, un país donde las tendencias políticas de los medios son obvias y los periodistas comprometidos con la verdad son asesinados constantemente, el periodismo que propone The Post es inexistente.

Un filme que verdaderamente celebre al periodismo inspirará al espectador a cuestionarse a sí mismo y a las instituciones que lo rodean sin importar su tamaño o influencia social. Un filme como The Post no es más que propaganda institucional.

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