Crítica: How to Talk to Girls at Parties

por Santiago Mejía

A inicios de la década del 2000, el director/actor John Cameron Mitchell irrumpió en la escena del cine con el feroz musical Hedwig and the Angry Inch. Aunque la película tuvo un éxito moderado en su lanzamiento, a lo largo del tiempo se convirtió en una obra de culto entre la comunidad gay por su forma de explorar los misterios del amor, el sexo, el género y la identidad a través de canciones que fusionan lo mejor del glam rock de David Bowie y el punk de Iggy Pop, insertadas en una historia que parece sacada de la mente de Lou Reed.

En sus siguientes entregas Mitchell experimentó con nuevos géneros. En Shortbus, antes de que Gaspar Noé intentará explorar el amor sin restricción sexual alguna en la autocomplaciente Love, Mitchell profundizó en las distintas manifestaciones de la sexualidad y la manera en que forjan la condición humana. Después en Rabbit Hole entregó un drama durísimo que poco tiene que ver con sus dos primeras películas pero que igual tiene una ejecución destacable y le ayudó a Nicole Kidman a entregar una de las mejores actuaciones de su carrera.

Ahora en el 2018, Cameron Mitchell regresa glorioso a sus raíces punks con How to talk to Girls at Parties, una película que se siente como una secuela espiritual de su ópera prima por la forma en que explora  dilemas humanos a través de la contracultura. Esta obra está basada en una historia corta de Neil Gaiman y en esencia nos cuenta como un chico punk inglés llamado Enn (Alex Sharp)  se enamora perdidamente de la alienígena Zan (Elle Fanning at her best).

A través del inusual romance entre Enn y Zan se desarrolla un viaje de autodescubrimiento que desde la perspectiva de la ingenuidad adolescente cuestiona las tradiciones culturales, las relaciones familiares, la autoridad, la sexualidad, incluso los protagonistas se cuestionan sus certezas sobre la anarquía y sus métodos para acabar con el fascismo y la opresión.

La película está perfectamente cuidada en todos sus aspectos. Al colaborar Mitchell nuevamente con Frank G. De Marco (director de fotografía en todas sus películas) crean juntos un festín visual que logra fusionar distintas estéticas. De Marco recrea a la perfección la energía cruda del punk con números musicales salvajes, donde la cámara se mueve al ritmo de los acordes rabiosos que interpretan las distintas bandas que aparecen en la película. Entre las presentaciones musicales destaca un dueto entre Elle Fanning y Alex Sharp que resulta toda una revelación pues Fanning  rinde un digno tributo a pioneras del punk como Debbie Harry (en sus años más CBGB antes de que adoptará géneros como el Disco y la New Wave)  y Alex Sharp se deja poseer absolutamente por el espíritu de Sid Vicious.

Estas secuencias dan paso a los recorridos por la casa donde habitan las colonias de alienígenas, momentos que Mitchell y De Marco aprovechan para dar rienda suelta a sus sueños surrealistas más delirantes desarrollando rituales extraterrestres que resultan en extravagantes piezas de performance muy distintas al minimalismo sucio de los conciertos punk. Sandy Powell, la legendaria directora de vestuario que trabajó con Derek Jarman en varias ocasiones (pionero punk queer si alguna vez existió alguno), hace una gran aportación a la estética de la película. Las camisas rotas llenas de pins, las chaquetas de cuero y tenis sucios de los chicos punk contrastan de manera divertida con los coloridos y andróginos trajes de látex que portan los aliens.

Estas secuencias, y de hecho la película en general, no podrían funcionar sin un buen soundtrack, aspecto en el que nuevamente John Cameron Mitchell se luce. El filme al igual que Velvet Goldmine de Todd Haynes debería iniciar con la recomendación de poner los altavoces al máximo volumen. La película arranca con Enn vistiéndose, escupiendo al espejo mientras suena New Rose de The Damned, estableciendo el ritmo que seguirá el resto del filme. La parte musical nostálgica de la película se complementa con el tema I Found a Reason de The Velvet Underground.  Para el resto de la música Mitchell acertadamente decidió crear sus propias bandas, reclutando a artistas destacables en la escena actual como Mitski y Xiu Xiu, estos últimos encargados de desarrollar la música para Eat Me Alive, la canción que Fanning y Sharp interpretan en su dueto.

Las bandas ficticias a las que bautizaron con hilarantes nombres como Dyslexic Cnuts recrean a la perfección el sonido y actitud que hizo famoso al punk, mientras que el dueto electrónico Matmos se encarga de musicalizar los rituales aliens con temas influenciados por el Krautrock. Uniendo estos elementos, Mitchell crea un emocionante vistazo a los últimos años de uno de los movimientos contraculturales más importantes de la historia, que a pesar de su inicial inconformidad con el sistema terminó por ser adoptado en todas las esferas de la cultura popular.

Sin embargo el filme no se limita a ser un paseo nostálgico. Como ha demostrado en su filmografía, John Cameron Mitchell es en esencia un artista queer, palabra que hoy en día puede sentirse malgastada pero a la que Mitchell le regresa en gran parte su significado original. La película más allá de ser una lección histórica sobre el punk, continúa con la tradición de Mitchell de encontrar la verdadera revolución a través de la liberación sexual.

El momento en que la reina punk Boadicea (Nicole Kidman en uno de sus papeles más delirantes) confronta a una de las madres alienígenas y le dice “evoluciona o muere” tiene resonancia especial pues mientras ella repite esta expresión, en otra parte de la casa el personaje de Vic (Abraham Lewis) abraza su bisexualidad (con la que había estado lidiando en prácticamente toda la película) entregándose a un trío inter-espacial.

En sus intentos por descubrir el significado de la palabra punk tanto Zan como Enn y sus amigos se cuestionan constantemente distintos conceptos políticos y sociales, no obstante es hasta que el personaje de Vic acepta su bisexualidad que realmente se retan las convenciones  de ambos grupos. La escena es un bello momento cargado de disidencia, pero también de mucho humanismo superando al sentimentalismo barato de las hermanas Wachowski y su serie Sense 8, que en dos temporadas y un capítulo especial, jamás logró un momento tan poético como este.

Es esta clase de sensibilidad la que ha hecho de John Cameron Mitchell uno de los pocos directores que mantienen vivo el concepto original de lo queer, acompañado probablemente solo por Bruce LaBruce. Películas de mayor éxito como Love, Simon y Call Me By Your Name, si bien tienen aspectos destacables se conforman con historias de amor simples.

La búsqueda del amor en el cine de John Cameron Mitchell cuestiona siempre las concepciones sociales que han mantenido a la comunidad gay marginada. Al final de sus películas los protagonistas salen triunfantes ya sea encontrando el amor abrazando su propia identidad (Hedwig) o en un gran orgasmo que roba la energía eléctrica de todo Nueva York (Shortbus).

En el caso de How to talk to Girls at Parties, Enn recibe a la descendencia que engendró con Zan siendo ya un artista exitoso del comic, los frutos de su amor adolescente. El close up de su rostro con los ojos llorosos recuerda a la melancolía de Guilietta Masina en Noches de Cabiria, brindándonos una conclusión muy esperanzadora y romántica.

Aunque el romance de los protagonistas es heterosexual, la sensibilidad queer de John Cameron Mitchell es más que evidente en How to talk to Girls at Parties. La película presume de una gran creatividad audiovisual pero sobre todo se niega a conformarse con el discurso políticamente correcto de victimización que tanto influye  en el cine LGBTTTIQ actual. Al contrario, John Cameron Mitchell resucita de forma exitosa la sensibilidad disidente del legendario Derek Jarman con una película trasgresora, sumamente humanista que, a través de una mirada al pasado, propone un mundo esperanzador donde las etiquetas dejen de importar.

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