Crítica: “Chavela”, una verdad que se impuso.

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“Cuando eres verdad, al final te impones”, y qué mejor frase para resumir la vida de Chavela Vargas. Una mujer siempre honesta a sus pasiones, las mujeres y la música, que en los últimos años de su vida, consiguió volver a brillar, como nunca antes lo había hecho.

Un personaje intrigante, una mujer admirable, una voz apasionada y uno de los talentos más grandes que han pisado nuestro país. Nótese como no digo “que ha dado nuestro país”, pues, a pesar de que Isabel Vargas Lizano nació en Costa Rica, toda su vida se consideró a sí misma mexicana de sangre. Y qué mala jugada, de nuestro país, haberla tratado con esa hipocresía que justo se menciona en el documental sobre su vida: Sí, te reconocemos como un gran talento, te invitamos a nuestras fiestas, te damos un escenario para presentarte… pero nunca uno solo para ti, y tampoco uno tan grande, y ojo, que no todo el mundo se de cuenta. Y gran parte de este amor condicionado, sino es que todo, fue por sus preferencias. Chavela se presentó fuerte, segura, hasta intimidante. Atrevida. Una mujer que, como dirían, donde ponía el ojo, ponía la garra. Fuera ese “algo” la esposa de un político, la mujer de un Azcárraga o la mismísima Ava Gardner. Chavela se atrevió a ser ella misma, sin cortinas pero tampoco con altavoces, en un México enteramente dominado por los hombres y la heterosexualidad.

Donde las mujeres que vestían pantalón en público eran mal vistas, donde las mujeres que bebían hasta el amanecer por días consecutivos eran señaladas en silencio y donde las lesbianas eran algo que no existía, por lo que era mejor ni siquiera hacer mención de sus preferencias.

La vida de Chavela no fue una vida fácil. Y cómo iba a serlo. Desde pequeña, supo quién era , qué quería y a quién quería. Cosa que en su natal Costa Rica no fue bien vista por sus padres y sus conocidos, quienes la ocultaban y la negaban. Si bien México representó una puerta y una oportunidad de vivir su verdad y desarrollar su talento, acercándola a grandes personalidades como José Alfredo Jiménez, Agustín Lara o Frida Kahlo, con quien tuviera un amor intenso que dejaría huella en la vida de ambas, también le impuso una barrera a su talento. En el México de los años 30, la homosexualidad era algo que simplemente “no existía” y pese a que la gente reconocía y aplaudía su talento, Chavela nunca tuvo la oportunidad de presentarse como el acto principal de cualquier atrio. Su talento se limitó a “esconderse” en bares y cantinas, siendo su nombre “uno más” del cartel, y limitando el alcance de su ronca, dolorosa e incomparable voz a los oídos de unos cuantos.

En este panorama fue que la soledad y el alcoholismo de Chavela se desarrollaron, fortaleciendo sus amistades – como la que mantuvo con su confidente y apoyo José Alfredo Jiménez, con quien pasó días y noches seguidas bebiendo en su querido Tenampa – pero reduciendo su carrera, de por sí complicada, hasta llevarla a retirarse por muchísimos años en su casa de Tepoztlán, negándose a exponer su voz y ocasionando que se le diera “por muerta” en la memoria de muchos mexicanos y público en general.

En estos doce años, el sufrimiento empeoró, seguido por la soledad y la violencia y adornado por un alcoholismo que tenía su riñón “inflado como un globo”. Al verse abandonada, por estas mismas causas, por uno más de sus grandes amores, la abogada Alicia Pérez, fue que por fin Chavela pudo encontrar el motivo suficiente para dejar el alcohol. Y esto sería solo el primero de los pasos en una carrera que volvería del retiro para postrarse en grande y más allá del territorio mexicano.

Debo confesar que, si bien conocía a nivel superficial la vida de Chavela, había llorado con sus canciones, me había impregnado de la soledad y dolor de su voz, y había conocido un poco sobre su homosexualidad y sus amores, este documental me abrió los ojos a la vida de una mujer como ninguna otra. Poco sabía yo de sus años de retiro, ignoraba cómo nunca antes había pisado un gran escenario y no fue, sino hasta su regreso, que tuvo la oportunidad de cantar en España, impulsada por su querido amigo Pedro Almodóvar, y regresar en grande al país que la vio desarrollarse pero que también la limitó por mucho tiempo, para tocar en su soñado Bellas Artes y frente a un Auditorio Nacional completamente repleto.

Es difícil tener una opinión superficial sobre Chavela. Muchos la aman, otros, prefieren tacharla de mujer difícil. Lo que sí no se puede negar es que su vida, tan llena de contrastes, tan llena de amor y violencia, de confianza en sí misma pero mucha represión, de tantos amigos, tantos amores, pero tanta soledad, formó una de las mujeres más fuertes que logró imponerse y darse a conocer en un mundo creado para los hombres y dominado por ellos, desarrollar su voz y personalidad únicas y volver del retiro, para vencer al alcoholismo y a los tabúes contra la homosexualidad – muchos de ellos impuestos por ella misma – para llevar su talento por todo el país y más allá, marcando la vida de todos los que alguna vez hemos escuchado su voz y aplaudido esa leyenda en la que se convirtió la gran Chavela Vargas.

Muchos aspectos de su vida continuarán siendo un misterio, pero a la par de sus canciones y los testimonios de aquellos que tanto la quisieron en vida, así como de las palabras de la misma Chavela a lo largo de varias entrevistas, puedo decir ahora que, a seis años de su partida, está más cerca y más viva que nunca.

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