Crítica: La Casa de las Flores

por Santiago Mejía

El trabajo del cineasta Manolo Caro desde el inicio de su carrera cinematográfica ha sido bien recibido por el público y la crítica mexicanos. Por un lado, los espectadores abarrotan las salas cada que hay una película nueva del director y por otro, los críticos no se cansan de elogiarlo por darle visibilidad a temas tabú. Como si en más de un siglo de historia del cine en México no se hubieran tratado los mismos temas de mejor manera.

El éxito de Manolo lo ha llevado a dirigir para Netflix la serie “La Casa de las Flores”. Al igual que ocurrió con la filmografía de Caro, La Casa de las Flores ha sido celebrada por supuestamente “revolucionar el género de la novela” al hablar de cuestiones como la diversidad sexual, el narcotráfico, el racismo, o como dice el periodista Álvaro Cueva “Todo lo que a Televisa y Tv Azteca les da miedo poner en pantalla”.

Puede que sea cierto que ambas televisoras nunca se han caracterizado por tener intenciones progresistas, pero haciendo un repaso por la historia de la telenovela podemos darnos cuenta de que La Casa de las Flores no ofrece nada nuevo. La gran mayoría de estos temas han estado presentes en varios proyectos tanto de Televisa como Tv Azteca, llenos de estereotipos y una perspectiva muy conservadora, pero presentes a final de cuentas.

Además, si en películas como No sé si cortarme las venas o dejármelas largas y Elvira: te daría mi vida pero la estoy usando, Manolo Caro demostraba interés en desarrollar un estilo propio, en su primera serie para Netflix peca de una escasez creativa alarmante. A lado de La Casa de las Flores, las novelas a las que nos tenían acostumbrados Televisa y Tv Azteca parecen dirigidas por Orson Welles.

Para empezar, el guion quiere jugar a ser el Pedro Almodóvar más descarado o el Todd Solondz más incómodo, la sorpresa es que no alcanza ni siquiera la consistencia de un guion de novela.  El formato de las novelas podrá ser absurdo y puritano, pero al menos tiene claro a dónde quiere llegar y cómo lo quiere hacer, algo que no ocurre en esta serie.

La Casa de las Flores no tiene idea de quiénes son sus personajes, sus arcos narrativos están llenos de inconsistencias que resultan en una trama que no tiene cohesión ni coherencia. Por ejemplo, la historia arranca con el suicidio de Roberta, la amante del padre, sin embargo, el evento no tiene mayor impacto emocional en el resto de los personajes o en la trama. En la serie Desperate Housewives, otra clara influencia, también un suicidio ponía en marcha los acontecimientos de la serie. En ese caso, a pesar de que cada personaje tenía sus propios problemas, el fantasma de Mary Alice (la mujer que se suicidó) ejercía un peso importante en sus vidas. En La Casa de las Flores ni si quiera se justifica dramáticamente que Roberta sea la narradora de cada episodio.

El problema se debe a que los únicos arcos narrativos que Manolo sabe resaltar, y no precisamente para bien, son los que tienen que ver con la comunidad LGBTQ+. Los momentos en los que es obvio que Caro busca abrir la mente de las personas rayan en lo ridículo o son versiones menores de otras grandes obras.

La salida del closet de Julián es especialmente vergonzosa, parece un hetero básico jugando a jotear borracho en un karaoke y la relación entre María José y Paulina hace guiños a la trama de Todo Sobre Mi Madre de Pedro Almodóvar y Une Nouvelle Amie de François Ozon, pero no tiene el humanismo ni el mordaz ingenio de ambos cineastas. El resto de personajes son figuras de relleno que no son exploradas ni siquiera superficialmente, como ocurre con los novios del personaje de Aislinn Derbez.

Al atropellado guion se le une un pésimo montaje sin sentido alguno. Decía Douglas Sirk, uno de los grandes maestros del melodrama, que: “los ángulos son los pensamientos del director, la iluminación es su filosofía”. En la Casa de Las Flores el manejo de cámara no resalta nada, ni a los personajes, ni a los extravagantes escenarios, y los juegos de iluminación son prácticamente nulos.

Cuando la serie llega a situaciones de tensión que podrían ser hilarantes, resultan solamente confusas. Manolo Caro tiene ocurrencias que parecen trasgresoras, pero en esencia no significan nada. Espera que con poner en la misma escena Drag Queens y un funeral, pasen cosas mágicas, pero no tiene la creatividad para hacer algo emocionante con esos elementos.

Aunque a veces parezca lo contrario, una buena comedia necesita de mucho talento para saber fusionar diálogos con edición y tener como resultado punch lines que arranquen carcajadas. Las historias de Thalía en Instagram tienen más ingenio que cualquier chiste de La Casa de las Flores. La mayoría de los gags pasan desapercibidos, como cuando aparece el personaje de Verónica Castro cantando Happy Birthday Mr. President a su esposo, lo que debería ser una presentación icónica, termina siendo una secuencia irrelevante.

En lo que respecta al reparto, la mayoría de los actores y actrices han formado parte de proyectos donde han demostrado tener talento, por lo que se podría deducir que las extrañas actuaciones son resultado de un desarrollo de personajes inconsistente. En especial me sorprendió que Verónica Castro, con sus más de cuarenta años de experiencia artística, no lograra entregar una interpretación memorable. Virginia de La Mora, su personaje, se ve siempre incómoda y nerviosa. Tiene una dificultad tremenda para poder expresar con claridad sus líneas, que dan la impresión de surgir de una mala improvisación y no de un guion estudiado.

Es además imposible definirla, no porque sea compleja, sino porque sus acciones no tienen sentido. Su maquillaje duro y su porte pareciera indicarnos que es la clase de madre perversa que lanza venenosos comentarios a sus hijos a la menor provocación (como la malvada Violet Weston de Meryl Streep en August Osage County), sin embargo recuerda más a un chihuahua nervioso que nunca sabe cómo reaccionar ante las inclemencias de la vida. Un capítulo defiende a capa y espada a su hijo bisexual y al otro se siente avergonzada de colgar una bandera de arcoíris en su negocio, a momentos se muestra incómoda con que su hija se case con un afroamericano y a otros lo manipula para que aceleren el proceso de la boda.

La otra actuación… ¿destacable?, es la de Cecilia Suárez como Paulina de la Mora. El raro acento que decidió utilizar para su personaje causó una gran impresión desde su primera aparición. En lo personal me recordó a la comedia pastelera de Nacasia y Nacaranda o La Betza de María de todos los Ángeles. Curiosamente el acento de estas comediantes se siente más congruente con su contexto que el de Paulina de la Mora. En algún momento se justifica que la forma de hablar del personaje se debe a su adicción al Tafil, pero en acción nunca la vemos recurrir a este medicamento como para conocer si realmente es justificable su forma de hablar, que insisto recuerda más a esos personajes inspirados en la cultura callejera que a una persona drogada en ansiolíticos.

Es una lástima que Cecilia Suárez se atrapara en esa caricaturesca interpretación. Cuando de repente se le olvida el acento crea algunos momentos de emoción genuina y, por más extraño que parezca, salva muchos diálogos en sus momentos más difíciles.

El resto de los actores se esfuerzan por darle un poco de sentido al tratamiento de sus personajes. Algunos logran mostrar un poco más de carisma sin obtener resultados realmente notables. En lugar de perderse en tantos líos sin sentido con la familia de la Mora, Manolo Caro podría haber aprovechado a las Drag Queens del cabaret como personajes recurrentes, especialmente la imitadora de Yuri es una oportunidad narrativa terriblemente desperdiciada que podría haber contribuido a atacar desde el humor negro la doble moral cristiana.

Ese es el principal problema de La Casa de las Flores, intenta ser irreverente, pero termina siempre cayendo en lo convencional y desgraciadamente demuestra que ni siquiera sabe hacer bien lo convencional.

Cuando Pedro Almodóvar revolucionó el género del melodrama no fue por el simple hecho de poner a personajes homosexuales o transexuales en sus historias. Su revolución incluyó también una transformación del lenguaje cinematográfico en la que fusionó la tradición de las películas que admira (y estudia minuciosamente) pero también la propia herencia cultural y pop de su país, con ese toque de irreverencia que tanto le caracteriza.

Formas de contar historias sobre diversidad sexual hay miles, ahí están los ejemplos de Julián Hernández, Roberto Fiesco, Derek Jarman, Fassbinder, Ozon y un largo etcétera. La forma en que Pedro Almodóvar las cuenta es muy característica y es evidente que es un estilo al que Manolo Caro aspira pues los tributos ya son casi robos desvergonzados y mal hechos para colmo.

Antes que pensar en recrear la esencia del complejo cine de Almodóvar, Manolo Caro debió estudiar detenidamente la estructura de la novela para realmente poder revolucionarla. La telenovela a pesar de ser el formato más ninguneado de la televisión, tiene elementos clave sumamente fáciles de identificar que, bajo la supervisión correcta, realmente podrían transformarse en algo novedoso, arriesgado y emocionante.

La Casa de las Flores no es una buena comedia mucho menos una revolución de la Telenovela. Aparentemente a nuestra generación no solamente le es imposible dejar atrás el legado de Televisa y Tv Azteca, es además incapaz de mejorarlo.

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