Crítica: “Climax”

por Santiago Mejía

En el mundo de Gaspar Noé todos somos bestias presas de nuestros instintos, criaturas que rara vez o nunca merecemos encontrar la redención. Cada una de sus películas es una nueva exploración sobre esta visión del mundo inspirada en el pensamiento de filósofos como Emil Cioran y en la influencia de cineastas como Stanley Kubrick, Andrzej Zulawski y Ken Russell.

Climax, su más reciente trabajo, no es la excepción y demuestra por qué es uno de los directores más emocionantes de la actualidad. Inspirada en sucesos reales, la película ubicada en la década de los noventa sigue una premisa muy sencilla: un grupo de bailarines son contratados para pasar tres días en un estudio de baile, la última noche deciden festejar al más puro estilo de los bacanales romanos.

Lo que inicia como una celebración enérgica, rápidamente comienza a transformarse en una horrible pesadilla. Los últimos minutos de la película, antes del epílogo, resultan en una secuencia infernal que es sumamente inquietante a pesar de no ser tan explícita como podríamos esperar del director que no titubeo en mostrar como un hombre destrozaba el cráneo de otro con un extintor.

Al igual que en el resto de su filmografía, Noé plantea en Climax una narrativa sencilla, en apariencia no lineal, pero con secciones bien delimitadas. Primero el filme nos prepara para los horrores que nos aguardan, arrancando con uno de los últimos momentos de la historia. Posteriormente, conocemos a los bailarines en una serie de cintas de audición donde responden a preguntas como ¿cuál es tu mayor pesadilla? ¿qué estás dispuesto a hacer por el trabajo?

La eventual pérdida de control y la forma en que cada uno reacciona a los efectos de las drogas están relacionadas con sus confesiones iniciales. Los actores buscan imprimir en sus interpretaciones llenas de matices físicos y psicológicos, las motivaciones de sus personajes. Conforme la sangría hace efecto en sus cuerpos, sus movimientos se hacen más histéricos y salvajes, pero bajo la dirección de Noé siguen siendo artísticamente controlados, son versiones extremas de emociones reprimidas.

Noé y Benoit Debbie, su fiel colaborador en la dirección de fotografía, consiguen capturar a la perfección la energía del voguing, transmitiendo un ritmo emocionante pero también creando una atmosfera esotérica. Los movimientos sensuales de los bailarines, el intenso rojo del suelo de la academia, la música de una fuerza casi tribal y la bandera francesa colocada detrás de la consola, funcionan como elementos de un macabro ritual.

El descenso a la locura se siente como resultado de la invocación de fuerzas perversas que terminan por poseer a los bailarines orillándolos a abrazar su lado más salvaje. Mientras los personajes van cediendo a su lado más primitivo, la cámara y la iluminación se les unen cambiando constantemente y haciendo movimientos cada vez más complejos y desorientadores. La extrema experimentación audiovisual complementa a la estructura sencilla de la historia.

Tras presenciar este espectáculo de horrores podría parecer que Climax no tiene mayor valor que el del shock. Sin embargo, estos momentos están marcados por una simbología nada sutil que imprime en ellos una resonancia política y social.

Cualquier otro director o directora actual habría usado el reparto diverso (en razas, géneros y orientaciones sexuales) para proyectar un cursi optimismo, como hicieron las Wachowski con Sense8.

A diferencia de las Wachowski el cine de Noé es profundamente nihilista, desde su perspectiva todos (gays, heterosexuales, negros, blancos, hombres, mujeres) somos capaces de actos atroces, no hace más falta que un pequeño empujón para que el humano regrese a su estado más animal.

Cuando vemos a los bailarines de Climax actuar de manera deliberadamente cruel, disfrutando del sufrimiento ajeno, atacándose mutuamente sin piedad, buscando sexo como animales en celo frente a una radiante recreación de la bandera de Francia, es inevitable pensar que estamos viendo una representación del caótico estado actual de Francia y el mundo entero.

La escena de los bailarines incitando a una de sus compañeras suicidarse se siente inspirada en una de las muchas formas que puede tomar el implacable acoso cibernético, el sarcástico crédito de “una película orgullosamente francesa” es un burlesco ataque a las tendencias nacionalistas conservadoras. El aterrador cortejo de David a Selva, en el que la sigue destrozando todo lo que se le atraviesa y termina con ella gritándole en el rostro, es una de las representaciones más intensas que se ha hecho sobre la guerra de sexos, hoy en día más visible que nunca gracias a movimientos como el Me Too.

A diferencia de otros directores, Gaspar Noé hace guiño a estas tensiones sociales no con la intención de reconciliarlas o presentar una posible solución. Noé prefiere usar sus películas como señalamientos duros, reflejos distorsionados, pero no muy alejados de la realidad.

Desde el carnicero de Solo Contra Todos, hasta los bailarines de Climax, en la filmografía de Noé no hay espacio para la salvación ni la redención. Su obra artística está empeñada en demostrar al mundo que “vivir es una imposibilidad colectiva”.

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