Crítica: “Museo”

por Santiago Mejía

El cine de Alonso Ruizpalacios continúa abriéndose camino como una de las visiones más emocionantes sobre la sensibilidad mexicana. Tras sorprender al mundo con su ópera prima “Güeros”, Ruizpalacios vuelve a la carga con “Museo”, una película divertida, profunda y de un vibrante dinamismo visual que resalta en medio de tanta oferta genérica.

A través de un guion escrito entre Ruizpalacios y Manuel Alcalá, la película recrea el famoso robo al Museo Nacional de Antropología cometido por dos estudiantes de Veterinaria en 1985, apenas tres meses después de la tragedia del terremoto. Los pormenores del robo real son fascinantes y absurdos, cada uno de los involucrados podría haber sido protagonista de su propia película: Los narcotraficantes, La Princesa Yamal (Ex estrella de las películas de ficheras) y hasta los guardias del Museo resultan ángulos interesantes desde los que se podría contar este suceso histórico.

Alcalá y Ruizpalacios eligen narrar la historia desde la perspectiva de los ladrones, interpretados por Gael García Bernal y Leonardo Ortizgris. García Bernal interpreta a Juan y Ortizgris a Wilson, su sidekick inseparable y narrador de la historia. No me parece una cuestión de azar que el personaje de Bernal haya sido bautizado en la ficción como Juan, una referencia evidente al libro “Las enseñanzas de Don Juan” de Carlos Castañeda, autor que, como aprenderemos a lo largo de la película, es una obsesión de los protagonistas.

Juan es un personaje sumergido en una gran confusión e inconformismo, graduado de la carrera de Veterinaria pero atrapado en el limbo interminable de una tesis sobre Orcas. Su necesidad de rebelión es resultado del desprecio hacia la monotonía clase mediera. Juan quiere escapar de la rutina, destruir su destino, trascender sin importar que eso implique cometer un crimen, “Chingarse algo para que pase algo”.

Al igual que el mito creado alrededor de Don Juan, el personaje de García Bernal da la impresión de ser profeta y farsante, sus motivaciones para cometer el robo de más de 100 piezas arqueológicas oscilan entre la supuesta necesidad de justicia social y la ambición vulgar.

Mientras la historia avanza vemos esos matices reflejados en secuencias que mezclan distintos géneros. Como resultado, obtenemos un pastiche que retoma la estructura del “cine de robos” pero lo hace trascender a una búsqueda espiritual, muy al estilo de lo que hizo Jean Luc Godard en los 60 con el Film Noir y el cine de gángsters.

La fotografía de Damián García y la edición de Yibran Asuad mezclan elementos de la cultura popular mexicana con la herencia de grandes artistas del cine como Bernardo Bertolucci y Federico Fellini. El lenguaje audiovisual creado por García y Asuad, se esfuerza al máximo por contar la historia de la forma menos convencional posible. Siempre que parece que la película está a punto de tomar un giro predecible sorprende revelando un nuevo truco.

Esta riqueza visual es evidente en la fascinante secuencia del robo, un obligado y digno homenaje a Rififi, película de atracos por excelencia. También en la pelea en un bar de Acapulco orquestada como una divertida parodia del cine de ficheras o en un juguetón desfase de audio que se utiliza para hacer visible el efecto por el consumo de drogas.

La fotografía además nos sumerge en la Ciudad de México haciendo énfasis en las estructuras de los edificios y las sombras que provocan, otorgando a monumentos como las torres de Satélite o el interior del Museo Nacional de Antropología una atmosfera mística, que recuerda mucho a las imágenes de Vittorio Storaro para El Conformista.

En las secuencias de convivencia familiar la cámara captura a la perfección la locura que significa pertenecer a una familia latina. Hay gritos, risas, reclamos, muestras de afecto, preocupación, todo un huracán de emociones filtrado a través de movimientos de cámara dinámicos que nos sumergen en la familia de Juan.

Mucha parte del caos emocional reflejado en estas secuencias se debe a que la primera parte de la película se desarrolla en las vísperas de Navidad, pero también a que el personaje de García Bernal gusta de provocar a su familia. Vemos por ejemplo, en un intento de graciosa rebeldía contra el capitalismo, a Juan confesar a uno de sus sobrinos que Santa Claus es su mamá.

García Bernal a pesar de estar ya cerca de los cuarenta años, consigue imprimir a su personaje un creíble idealismo juvenil en el que se hacen presentes el sentimiento socialista, el hartazgo de la pasividad de la clase media y la obsesión con el misticismo prehispánico. Esta mezcla de sensibilidades resultan en un personaje fascinante por sus convicciones pero sobre todo por sus contradicciones

Así como está convencido de que su robo es una especie de venganza espiritual (en un momento regresa a Palenque una de las piezas que robó en el Museo) también profana las piezas emborrachándose con ellas y estando incluso a punto de perderlas.

El final de la película es enigmático, pero a la vez contundente. A través del personaje de Juan, Ruizpalacios y Ortizgris trazan la eterna búsqueda del mexicano por encontrar una identidad propia y ser fiel a ella. Tras siglos de conquistas, revoluciones y movimientos sociales el mexicano continúa luchando por encontrarse a sí mismo.

Museo no es un filme génerico que busque respuestas fáciles a las motivaciones del robo real. Es en realidad una búsqueda existencialista, cargada de referencias pop y una cinematografía fascinante, sobre el significado de ser mexicano.

 

 

 

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